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| La Tartana transportó a un fantástico mundo de títeres y ópera |
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Una ventana de estiradas e irregulares esquinas a lo Tim Burton, un reloj que parecía sacado de un cuadro de Van Gogh, un pelirrojo muchacho que se pone a jugar al fútbol con los muebles, una tetera y una traza que toman vida como si estuvieran en el País de las Maravillas de Alicia y una silla picassiana que termina sentándose en un sillón.
Todo esto y mucho más sucedió en la ópera El niño y los sortilegios, de Maurice Ravel, que presentó ayer La Tartana en el Teatro Municipal de Almagro, donde los niños pudieron disfrutar de la interacción de fantásticos títeres y actores disfrazados, ya en tamaño colosal, de las marionetas manipuladas con gracilidad y realismo por los titiriteros vestidos de negro.
Pese a cantarse el libreto en francés, los titiriteros resumieron previamente el argumento de la obra para que, a partir de esos datos, las descriptivas músicas y la acción de los títeres, los chavales comprendieran la historia que surge de las travesuras del protagonista.
La primera panorámica fue la de un niño, encerrado en su cuarto, que se aburría un montón con los deberes. Tras una regañina por no culminarlos llegó la rabieta y empezó a subirse y dar patadas a todo lo que pilló e incluso a molestar a los animales que halló a su paso. Pero su trastada conllevó el enfado de los muebles y unas estilizadas taza de té y tetera cobraron vida y le cantaron, operísticamente, las cuarenta.
Los actores se enfundaron disfraces y la tetera y la taza salieron del encuadre, al igual que el reloj o la silla y el sillón, aumentadas por mil en tamaño como si la viñeta fuera sólo para ellas, enfatizando su canto y enojo.
El fuego también se encrespó y extendió sus brazos desde la estufa para avisarle que él también podía hacer daño y su preferida princesa vestida de rojo emergió de los libros para animarle, aparte de advertirle que había lastimado a otros personajes al romper y golpear los libros.
Las ovejitas y pastores del papel de la pared comenzaron a desfilar con su disgusto y, fuera de la casa, se encontró con muchos otros animales como una rana, un pájaro, una libélula, dos gatos, su apreciada ardilla y turbadores murcielaguillos, además de presenciar cómo a los árboles les saldrán ojos y narices antes de despertar del profundo sueño en el que había caído.
La Tartana propuso un colorista y dinámico espectáculo a partir de la sugerente obra del compositor francés Maurice Ravel que desplegó ante los muchachos un caleidoscopio visual lleno de sensaciones, ritmos trepidantes y matices expresivos entre la música clásica, el cromatismo de la pintura impresionista y los planos sonoros del cubismo. De esta manera, la compañía madrileña animó a los niños a descubrir la ópera como género capaz de aunar el lenguaje de la música con el literario, dramático y plástico.
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