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De Arena

De relojes, soles, lunas y piedras
2007-06-10
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De relojes, soles, lunas y piedras
 
La rapidísima lentitud del paso del tiempo nos agobia con frecuencia, nos aturde y apenas nos da un respiro para hacernos las preguntas indeseadas. Consultamos el reloj con apasionamiento como si en el paso de las horas nos fuera algo más que la vida. A todos, menos a los relojes, el resbalar del tiempo nos deja insatisfechos. El mundo actual, fíjese usted, está invadido de relojes. Uno se pregunta a qué esa saña de indicarnos la hora, minuto y segundo de un modo tan obsesivo. Quién ha ordenado semejante tortura, peor aún, quién la ha ideado.

Hasta hace bien poco, el paso del tiempo, su comprobación, era absolutamente innecesaria. Nacían los seres humanos con un reloj cálido y blando cerca del corazón y uno sabía sin duda la hora de alimentarse, la de amar, la de laborar y la de ociar. Como las golondrinas, las aves todas, miraban de reojo al sol y ya conocían que había llegado el momento de construir su nido, cortejar a su pareja o emigrar a tierras lejanas en largos vuelos sobre tierras y mares, al sur en invierno y al norte en verano. Lo mismo nos sucedía a nosotros. Un simple gesto.

El tallo de una flor hundida en la arena de la playa hacía de estilo indicador y por su sombra proyectada, sabíamos si la digestión estaba hecha y en consecuencia podíamos, sin riesgo, cabalgar sobre las olas. Y las tardes pasaban plácidas, se desprendía el crepúsculo desde el fondo de los cielos con la parsimonia que sólo puede dar el color cárdeno; y el sol, fundiéndose entre los senos de Monte Louro, se despedía de la luna que asomaba sus rizos de plata tras las alturas de Miñortos.

En la arena húmeda nuestras huellas quedaban impresas como besos que se llevaría la próxima pleamar mientras nos alejábamos de la playa seguidos por los saltos alegres de las pulgas de mar que venían a despedirnos hasta la cuesta que, desde Testal, nos traía hasta Noia caminando por el sendero que bordeando el Obre desembocaba en A Chaínza.

Por el camino los minutos pasaban como las lagartijas que se escondían tras las zarzas, y las moras enveradas por el calor de la estación inundaban nuestras lenguas de zumo violeta. Al entrar en el puente del Campo de Noia, por primera vez en toda la tarde, veíamos a lo lejos un reloj. El reloj de la torre inacabada de San Martiño. Antes de doblar la curva y verlo jugábamos a la adivinanza de acertar qué hora marcaría. No se discutía en la apuesta sobre horas sino sobre minutos, tal era la certeza que teníamos del tiempo transcurrido. Todos acertábamos porque a los niños, como a las aves, nos había bastado con observar inconscientemente la bajamar, el declinar del sol y ese estar presente de la tarde toda con su mineral, su fuente y su arboleda alrededor de nuestras vidas.

Ahora el exceso de relojes, las agendas, las programaciones del fútbol, el cine, los concursos... los pitidos de las emisoras cada treinta minutos, han matado la perspicacia que innata teníamos. Nos ha averiado el reloj que el sol en nuestro corazón había tallado desde el principio de los tiempos. Los impulsos de la sangre hacían desplazarse lentamente su nomon y nuestros días transcurrían conforme a la naturaleza que compartíamos con las plantas, los animales y el clima.

Un cuadrante como el de la fotografía, en la iglesia de San Vicente de Noal , servía sobradamente a los vecinos para asegurarse si dudaban de su corazón. La sombra del estilo circulaba sobre el mineral indicando el tiempo de siembra, de siega y de muiñada y también de la sardina, el pulpo, el berberecho y la nécora. Una piedra tallada, alanceada en su centro con un hierro escaleno, contaba las horas de la felicidad y la desgracia y todas ellas nos eran más próximas, más amadas.
 
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