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| Los relojes olvidados de Antonio Medeiros |
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Perderse por una ciudad es una buena forma de conocerla; entrar a curiosear en esos pequeños museos que no aparecen en un lugar destacado de las guías turísticas es la mejor opción para descubrir historias fascinantes como la de Antonio Medeiros de Almeida, pionero de la aviación comercial en Portugal. El avión de la inolvidable escena final de la película Casablanca le pertenecía; fue él quien importó en su país los primeros coches Morris, convirtiéndose en uno de los artífices de que el fabricante de coches británico mejorase la suspensión de sus vehículos para que pudieran resistir las duras carreteras de la época. Además de negocios textiles, Medeiros de Almeida tenía intereses en la producción de remolacha, alcohol, tabaco y transportes marítimos. Pero toda su fortuna la dedicó a su amor al arte, especialmente a las artes decorativas.
En su casa, un bello palacete de finales del siglo XIX, atesoró 9. 000 piezas de arte hasta 1986, año en el que falleció. Hoy, esa vivienda que él mismo reformó, eliminando el jardín para poder acoger más obras, se ha transformado en una fundación que lleva su nombre y que, desde hace cinco años, permanece abierta al público con más de 2. 600 piezas, entre ellas cuadros de Tiepolo, Ribera, Delacroix, Moro, Jan Van Goyen, Rubens y un autorretrato de Rembrandt.
Pero además de los maravillosos cuadros que cuelgan de las paredes, la gran mayoría de los objetos y sus curiosidades son piezas maestras. Durante el recorrido por la casa, que se conserva tal y como era, podemos realizar un viaje por la historia europea a través de objetos personales que pertenecían a la realeza europea: encontramos una caja de tabaco de oro y esmalte que Carlos III mandó realizar con el retrato de su querida Amalia; un reloj de plata, esmalte, cristal y piedras semipreciosas, regalo a la emperatriz Sissí de Austria de su amado primo Luis de Baviera; un bidé con sofá del siglo XVIII, de porcelana china, del duque de Orleans, el segundo hijo de Luis XIV, y el cochecito de bebé que usó el duque de Wellington.
En el comedor, podemos encontrar el juego de té que adquirió Napoleón en la isla de Madeira cuando iba camino de su exilio en Santa Elena. Y también la primera pieza de porcelana que llegó al continente europeo procedente de China.
"Aquí está una de las mayores colecciones de relojes de Europa, desde 1600 hasta 1968", explica la directora, Teresa Vilaça. En ella destacan el primer reloj digital, del siglo XVII; uno de los primeros relojes con luz, de 1670; relojes eróticos, como uno del siglo XVII que perteneció a Jorge IV de Inglaterra, y un reloj despertador del siglo XVII que despertaba con un disparo de pólvora. También hay un reloj de bolsillo de oro, plata y esmalte, de la marca Breguet, que primero perteneció al general Junot y después al duque de Wellington, y otro de la misma casa que utilizó la reina de Nápoles, Carolina Bonaparte. Pero, a pesar de todos esos tesoros, el número de visitantes que recibe el museo no supera los 6. 000 al año, y hay días en los que solo cruza sus puertas un curioso. Eso sí, especialistas en arte de medio mundo lo visitan con frecuencia.
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