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El reloj que ya no toca las horas
2008-02-03
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El reloj que ya no toca las horas
 
El gentío abarrotaba el lugar y guardaba silencio, enmudecido ante las maniobras que, a más de 40 metros de altura, ejecutaba el ingeniero que había ideado el nuevo reloj del consistorio. A las doce en punto, las agujas se deslizaron hasta unirse por completo y las campanas cantaron alegres la marcha de la ciudad. Cuando callaron, la plaza estalló en vítores.

El proyecto de instalar un reloj en la torre principal del ayuntamiento surgió cuando la Casa Consistorial fue ampliada, allá por 1924. Su licitación salió a concurso en 1929 y, por el precio de 48. 155 pesetas de las de entonces, fue para la empresa Fichet, una firma francesa de cajas de caudales que tenía la sección de relojería eléctrica de la casa Brillie, también de origen galo. A cargo de este área estaba Jorge Auroux, un ingeniero francés casado con una catalana a la que conoció cuando ambos estudiaban en La Sorbonne.

Aunque el matrimonio estaba asentado en Barcelona, Jorge «iba y venía a menudo a Valencia» para supervisar la instalación del reloj. «Se quedaba una semana como máximo y luego regresaba» a la Ciudad Condal, recuerda su hijo pequeño, Lluís Auroux. Junto a él viajaba su primogénito, Jorge, que en esos desplazamientos se prendó de Valencia y acabó quedándose en la ciudad.

«La enorme circulación de la plaza». Aunque su inauguración fue un completo éxito, pronto se le puso una pega: no tenía suficiente resonancia. «Ya en 1930 la prensa recogía las quejas del ayuntamiento porque las campanas se oían poco, algo que achacaron "a la enorme circulación que la plaza tiene en la actualidad"», destaca Francesc Llop. El ingeniero, Jorge Auroux, había intentado solucionar este inconveniente con anterioridad, pero sabía que era imposible acabar con el problema. «Las campanas están al aire y su sonido se pierde porque no hay nada que actúe de caja de resonancia, algo normal en torres tan altas», detalla el antropólogo.
 
 
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