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Reloj, no marques las horas
2008-02-06
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Reloj, no marques las horas
 
El Real Madrid ya es pasado y ahora toca centrarse en el Mallorca. Eso al menos es lo que dicen los miembros del club rojiblanco y me parece bien. Pero no admito ese discurso para los demás, donde incluyo afición y prensa, en general. Porque un momento como este hay que alargarlo hasta la saturación. Un estado de éxtasis tal, conviene disfrutarlo hasta que se le vaya todo el sabor, todo el olor. Y aunque han pasado ya cuatro días, la sensación de bienestar es tan grande, tan dulce, tan gratificante, que el verbo olvidar conjuga realmente mal.

Hace varios días, antes del partidazo, no dejaba de pensar que un encuentro ante el Real Madrid marca un hito en la vida de los que somos futboleros. Hace veintimuchos años así ocurrió. Y nos ha durado más de un cuarto de siglo el recuerdo. Pero esto es demasiado para un cuerpo de carne y hueso. La experiencia vivida el sábado en el estadio de los Juegos Mediterráneos va más allá de lo estrictamente deportivo. La Unión Deportiva Almería convirtió a la ciudad, a la provincia entera, en una piña en torno a un sentir común.

Y como siempre, Almería y su equipo se reivindicaron ante ella misma y contra nadie. Ni madridistas ni enemigos de la causa blanca. No cabían ese tipo de reacciones. Se superó en todo al líder, al mejor club del siglo XX y eso fue un logro que salpicó la vida social, no sólo deportiva, de los almerienses. Fue sólo un partido de fútbol, sí. Pero de esos que marcan la historia de una provincia que busca sellos de indentidad propios frente a las continuas importaciones.

Los que tuvimos la fortuna de vivir el encuentro en las mismas entrañas del estadio, pudimos respirar un clima similar al que invadió Almería en los Juegos Mediterráneos. Y, lo que es mejor, al terminar el choque se vivió un estado de orgullo colectivo, de almeriensismo auténtico, puro, sin reivindicaciones oportunistas ni reacciones desproporcionadas. Simplemente tocaba disfrutar de lo nuestro con los nuestros. Y así lo hicimos.

En todo momento noté respeto por parte de los expedicionarios blancos. Por los periodistas y responsables del mejor club de la historia. Sólo el cabreo de Schuster y su extraño alegato a la capacidad arbitral, desentonaron entre tanto saber estar. El Real Madrid, salvo el detalle del alemán, supo perder. Y lo que es mejor, el Almería y sus gentes supieron ganar. Eso es lo que va a marcar otro hito de oro en la vida de los aficionados al deporte en nuestra provincia.

Y me volvió a convencer la templanza de Unai Emery. Antes, durante y después del partido demostró una madurez, una claridad mental y una facilidad de contagio de sus ideas y sensaciones que, al mismo tiempo que le veía comparecer con euforia contenida y control de sus emociones en la rueda de prensa, me di cuenta que su destino inmediato no está frente a los periodistas almerienses.

Por eso es casi una obligación moral que, los que disfrutamos del buen fútbol, no dejemos de vivir ni un minuto de la era Emery en Almería. El año del ascenso fue de gozo continuo. Y esta temporada en la Liga de las Estrellas es una orgía de autoestima almeriense. El famoso adagio «carpe diem» que popularizó el cine hace muchos años, tenemos que aplicarlo a nuestra realidad. Vivimos un momento único, probablemente irrepetible. Y yo soy de los que lo está disfrutando sin preguntarme qué pasará mañana. Porque mañana no será igual, seguro.

Emery vino para ascender al equipo. Lo hizo. Se quedó para mantenerlo en Primera. Le queda un suspiro para conseguirlo. Es un hombre que lleva el sello del éxito marcado en su destino. A nosotros nos está tocando disfrutarlo. Pero debemos pagar un tributo, el de su marcha. Y cuando esta llegue, debemos responder con elegancia a tanta ilusión entregada.
 
 
El Chiki Chiki
 
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