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| Paro: postales de una ciudad abusada |
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Perlitas de una medida que perjudicó a miles de mendocinos. La imagen más difundida: gente, cual Penélope en la canción de Serrat, esperando el milagro de que asomara un micro, mientras los choferes se vestían de piqueteros y vehículos no autorizados daban repentina forma a una versión de la "Mendoza trucha". No todo está perdido: aquellos que venimos a laburar a la ciudad desde lejos, esta vez no vimos sobre la ciudad esa especie de enorme huevo frito inmundo que la caracteriza. Por el contrario, como los micros no estaban circulando, el cielo era más limpio y las calles, más silenciosas, como un feriado en el paraíso.
El reloj del periodista marcaba las 6. 30 de la mañana en la esquina de Pedro Vargas y Houssay, del barrio Unimev. La noche era profunda en la parada de ómnibus. Entonces, salido de la nada, un sigiloso móvil policial de la Comisaría 44, se detuvo frente al muchacho.
El reloj delataba las 7. 40 en la intersección de Sarmiento y Pedro Molina, en pleno barrio Lihué de Guaymallén. Sabiendo que si seguía parada allí esperando un milagro, sus niños no llegarían a tiempo a la escuela, ubicada a 30 cuadras de su casa. Entonces, Penélope tomó a sus dos hijos de la mano y se separó rápidamente del grupo de unas 40 personas que se amontonaba y puteaba cada vez en tono más alto. Caminaron velozmente, tanto como pudieron y llegaron a la escuela sólo un poco, un poquito tarde.
El reloj puteaba, porque ya eran las 8. 05. En la esquina de Patricias Mendocinas y Las Heras, de Ciudad, en la cola, la gente también puteaba. Sin embargo, a modo de resarcimiento ante el desatino de los choferes, la idea era tomarse un vaso de café y una o dos medialunas. El cafetero, chocho, claro. Encima, el chabón es de Boca.
Como en La autopista del sur, el cuento de Julio Cortázar, estas situaciones repentinas despiertan extraños lazos entre los repentinos, inadvertidos protagonistas de los perjuicios que se generan en las ciudades. Gracias al paro, la Mendoza trucha afloró, de modo que, por uno y otro sitio, aparecieron decenas de remises truchos. Como son caros, la gente se organizó:
El reloj señala que son las 10. 20. En Carrodilla, Luján de Cuyo, en la puerta del control del Grupo 1, la gente reclama, desesperanzada. Un joven que antes era gordo y ahora es flaco lleva 50 minutos esperando el milagro del micro que lo lleve al centro, a su laburo, su rutina, esas cosas. Como ahora es flaco, decide caminar. En la esquina de 1 de Mayo e Ingeniero Krausse, pasó un remise trucho y el chofer, para animarlo, le contó una anécdota:
Como no había quilombo en la ciudad, encima, en la esquina de Libertad y Godoy Cruz, Villa Nueva, dos micros intervenidos por la empresa del Estado fueron dejados mal estacionados en la intersección. El caos encontró allí terreno fértil. Y también los improperios a los siete cielos y el único infierno.
Si las cuatro ancianas hubiesen sabido esa canción (Crimen, de Gustavo Cerati), sin dudas la hubiesen cantado. Allí están a media mañana, en el Carril Godoy Cruz, frente a Ferrocarriles del Estado. Son ancianas, es claro, y están notoriamente cansadas, también es claro, quizás también el peso de los años duplica ese cansancio, bajo un cartel de parada de micros. La espera es lenta y larga: muy lenta y demasiado larga, como la injusticia.
Tres minas abandonan encabronadas la parada del micro, en la plaza Godoy Cruz. Llegan hasta San Martín y, como van a perder el presentismo, tan rápido como pueden le negocian el viaje a un taxiflet, que está ahí, bien al pedo a esa hora de la primera mañana. Se acomodan como pueden y el chofer no lo puede creer: le sale un viaje temprano y encima con tres diosas, señoras de las cuatro décadas. Hasta la Peatonal, le duró la sonrisa.
Amanece en la ruta, no me importa donde estoy, canta un hombre de elegante sport. Ante la novedad desgraciada del paro, deja atrás a una docena de personas y se aleja de la entrada del barrio Champagnat. Agenda bajo el brazo, pasos largos camina y, al rato no más, no le alcanza y empieza a correr. Atrás la docena de colgados lo imita y empieza a caminar ciudad abajo, como una procesión invertida. El sol, no obstante, hace que todo se muestre como bello.
De ida, le fue bárbaro, porque se alcanzó a montar en un micro de la línea 2. La cagada es a la vuelta, pensó el chico, mientras era perfectamente conciente de que estaba cometiendo una falta, al utilizar el teléfono móvil durante la clase.
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