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TODO el mundo pendiente de cómo estuvieran los candidatos y nadie ha reparado en la mesa del debate del lunes, feísima, que parecía hecha con chocolate blanco. Algunos momentos de la contienda fueron tan falsos como el chocolate de la mesa. Los candidatos empezaron y terminaron mirando a la cámara y sin dirigirse a su adversario. Mal. Y no se cansaban de leer párrafos preparados, con lo que más que un debate aquello parecía la superposición de dos monólogos. Peor. Es el síndrome Aznar, que ganó el primer asalto de 1993, con la ayuda de fichas de todos los temas posibles. Por el contrario, en los debates entre Hillary Clinton y Barack Obama no hay muletillas que leer, sino talento y tablas.
Rajoy sacó buenos golpes, con la leche, los huevos, el pollo, el pan y la cuerda del reloj. Zapatero contestó a lo del reloj, que era lo más fácil: los modernos funcionan con pilas. El presidente también tuvo buenos momentos, como cuando le recordó al aspirante que en el debate de investidura le había desafiado a conseguir un crecimiento del 3 por ciento y a crear dos millones de puestos de trabajo, "y nos hemos ido al 3,8 y tres millones de empleos". Lo de presidente y aspirante es una manera de hablar, porque en la mesa eran los candidatos de PSOE y PP. En el debate entre los litigantes a la Presidencia francesa en 1988, el presidente Mitterrand no paraba de decirle a Chirac "señor primer ministro". Y Chirac se revolvió:
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