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| El hombre que marca las horas |
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Ya entonces una selecta clientela de coleccionistas, anticuarios y salas de subastas pasaba por el local, heredero de la gran reputación de aquella relojería que fundara en 1867 el primer Pablo, el bisabuelo, en la plaza de San Pedro de Soria. Pero no sería hasta 1982 cuando ganara su plaza de relojero de Patrimonio Nacional, llegando a ser el encargado de la Sección de Restauración y Conservación de Relojes y Autómatas.
Cada jueves, Santolaya acude a primera hora de la mañana al Palacio de la Zarzuela a pasar revista a los relojes que allí se conservan y a darles cuerda. Entre ellos, el de las Cuatro Fachadas de Thomas Hildeyard, predilecto del Rey y que Don Juan Carlos tiene en su despacho. Su resucitación fue peliaguda. Ni más ni menos que siete meses le llevó al maestro relojero devolverle la precisión a cada una de sus múltiples mediciones durante la última restauración de 2005. «Estaba diseñado para ocho días de cuerda y al final el brío apenas le daba para veinticuatro horas. El desgaste de sus piezas lo dejó sin fuerza», asegura.
Hoy aquel pronóstico es historia y la maquinaria más compleja de todos los relojes de la colección real, diseñada en un alarde de genialidad por un jesuita matemático nacido en Londres, funciona como la seda casi trescientos años después de su construcción. Es el preferido del relojero.
Ahora, en su taller del Palacio Real, los relojes para revivir se amontonan. Yendo por los pasillos del Alcázar se sabe que su laboratorio no anda lejos por las fotografías de relojes únicos. En su puerta luce en una chapa un 9 y acaba de recibir otras dos piezas de Aranjuez: dos relojes de Godon, el francés de quien más cronómetros se conservan en los palacios reales.
«Aunque tanto la Casa de Austria como la de Borbón muestran un gran interés por los relojes, ninguno mostró tanta pasión y especial afición como Carlos IV, que tenía hasta su propio taller. Poseía millares de relojes de pequeño tamaño y centenares de sobremesa», advierte Santolaya, que, no obstante, afirma que Don Juan Carlos también es un «grandísimo aficionado». El Rey ha visitado en numerosas ocasiones el taller de Palacio. Le gusta consultarle, hacerle observaciones y pedirle consejo.
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