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| El antifaz |
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No sé si alguien ha dicho que es la ironía un antifaz del pensamiento. Como el antifaz de un rostro humano: antifaz de ironía. Antifaz del pensamiento. O del sentimiento. Quizá también de enamorados. Enamorados de las cosas, de las palabras.
Antifaz para los que no se quieren repetir por no poderse suceder. "Yo me sucedo a mí mismo", había dicho Lope. Cádiz se sucede a sí misma, sin repetirse. Cada año, cada carnaval.
Sí sé que alguien ha dicho que el que no sabe repetir es un esteta y que solamente el que sabe repetir es un hombre. Se diría, sin embargo, que es un hombre no aquel que sabe repetir o repetirse, sino el que sabe suceder o sucederse. El que sabe lo que sucede cuando nada, o todo, le pasa. Porque hay hombres de repetición como los relojes: que dicen y hacen la misma cosa cuantas veces se quiera. Y aún los hay, como los relojes, de cuco. No son hombres, son máquinas. Y el reloj que nos mide el tiempo, no nos lo dice, no nos lo transparenta como el cristal vivo del poeta, no nos lo da a entender. Porque no nos lo da, nos lo quita. El reloj no nos da la hora, no las quita. Es ladrón del tiempo. "Ladrón del tiempo con disfraz le llamo", nos dirá Lope.
Pasar y suceder son diferente cosa. Y creo que en Cádiz, donde no pasa o no pasaba nada nunca, sucede siempre todo. Lo que queda de esta ciudad no es lo pasado de ella o lo pasado en ella, sino lo que en ella está siempre sucediendo.
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